UNA NUEVA HISTORIA DE VIDA

Ernesto, el hombre de las tres vidas

Su historia llegó a oídos del Papa. Viajó hasta el Vaticano para contar su vida con el alma de muchas personas metidas en el corazón, especialmente la de un niño de 13 años. Les dijo a más de 2000 personas que la reconciliación es posible, que después de las armas, de vivir con la muerte respirándole en la nuca, reconstruir los sueños es viable. Esta, su historia, ya la cuenta sin que los recuerdos se conviertan en lágrimas y es que no le ha sobrado la vida para decir que su estrategia para soportar es simple: su sonrisa.

Fue un líder estudiantil apasionado con la historia. Recibió un sobre con una condena a muerte. Se vinculó a las FARC en un intento por encontrar refugio; las abandonó porque en la guerra no hay tranquilidad. Quiso ser invisible. Su mayor temor sé convirtió en un aula de clase. El camino lo sorprendió con un hijo que le cambió la vida. Las motivaciones, desdibujadas por el miedo, volvieron a surgir. Esta es su historia. La de Ernesto: el hombre de las tres vidas.

La vida invisible

Después de la selva, para Ernesto estuvo la ciudad. Eligió Bogotá para empezar su Reintegración, porque allí era menos visible y estaba lejos del lugar donde decidió desmovilizarse. Como las demás personas que entran a este proceso, antes, él llego a un Hogar de Paz. Esas zonas neutras, suizas en medio de un mundo cotidiano que les dan refugio, un respiro, a las personas antes de que vuelvan a descubrir la vida civil. Aunque estos hogares en Colombia tienen la particularidad de ser manejados por el Ministerio de Defensa (sí, por las mismas fuerzas armadas) hay un funcionario de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) que los acompaña. “Es un proceso en el que te van dando orientaciones para que las personas no se sientan conmocionadas. Les dicen a dónde pueden ir, a quién acudir y después de más o menos tres meses, cuando reciben el certificado de dejación de armas, CODA, uno se va”. Sin embargo, cuando él empezó su proceso de Reintegración, no estaba vigente la ACR, sino la Alta Consejería para la Reintegración. “El acompañamiento era menor, una cosa de recibir beneficios, un dinero, pero no un seguimiento real”, explica.

Después de quitarse esas etiquetas absurdas que lo vinculaban con un movimiento armado, Ernesto hizo su combo en el Hogar; uno que antes fue de las FARC y dos del ELN. Pero el monstruo de cemento desanimó a dos de ellos, quienes prefirieron volver al campo y el que alguna vez patrulló en las FARC se fue a vivir con él en un apartamento. La cosa es dura, dice, porque al principio no quieren que relacionen a sus familiares con ellos. A pesar de estar saludando de frente a lo que llamamos “la vida civil”, las madres, los hermanos, los tíos y primos siguen estando lejos, como si sintieran que la carga del pasado al que decidieron renunciar pudiera abatirlos también con su peso. “Mi amigo que tenía como 20 años y se reencontró con su familia, el hombre se fue también y a mí me dejaron solo”.

Así, en ese devenir donde después de pasar cuatro años esperando a que lo tocara la muerte, a Ernesto le costó volver a soñar, a imaginarse haciendo alguna cosa en la que pudiera ser reconocido. Si antes su pregunta diaria era ¿cuándo voy a morir?, ahora era ¿cómo voy a subsistir? Por eso sus primeros trabajos fueron de ayudante de construcción, de bajo perfil, en donde nadie le preguntara que había hecho antes.


“A pesar de estar saludando de frente a lo que llamamos “la vida civil”, las madres, los hermanos, los tíos y primos siguen estando lejos, como si sintieran que la carga del pasado al que decidieron renunciar pudiera abatirlos también con su peso”.

El anuncio

“Cuando me enteró que voy a ser papá es cuando comienzo a pensar en un proyecto de vida, a mirar qué estudiar y cómo avanzar laboralmente”, explica Ernesto ante lo que realmente implicó un cambio de vida. No el dilema de ser o no parte de una guerrilla, sino ser o no papá. A su hijo lo tenía en una región del caribe y después de que la ACR hiciera una evaluación de sus competencias, se fue a hacer un Tecnológico en Administración en el SENA a la ciudad donde iba a nacer su hijo. “Sorpresa para mí, me dicen que soy bueno con los números, porque lo mío siempre había sido la Historia”.

Para vincularse a las FARC, Ernesto había dejado su carrera de Historia en pausa. Una pasión que, como todas, ondeaba entre el amor y el miedo a ser absorbido por ella. Una pasión que lo había llevado a ser crítico, analítico y a “no comer entero”. Una pasión que podía amenazarlo con que

se repitieran los mismos episodios que habían maltratado su vida, porque lo podían despertar de esa invisibilidad que había asumido. La academia siempre le había “picado la lengua”, y después de pasar cuatro años sin estudiar, los que estuvo en la selva aprendiendo más a cómo no caer en combate que sobre cómo se debían distribuir los poderes en el país, volvió a entrar a un aula de clase. Callado, interviniendo solo cuando era obligatorio, Ernesto dejó de ser el líder estudiantil que era antes de vincularse a las FARC y el profesor e historiador de documentos que fue mientras estuvo en el grupo.

Grupo del que se desmovilizaron

(ACR, 2015)

AUC
29.738
FARC
15.725

“En las FARC asumí un liderazgo, pero era uno diferente, porque allá pesa más lo militar que cualquier cosa”, explica Ernesto. A él le encargaban un grupo de muchachos para que les enseñara sobre economía, política, historia del país y de las FARC. Le pasaban los documentos del grupo para que los leyera e hiciera una retroalimentación a los demás. “Incluso llegó un momento cuando le solicité al comandante que me dejara ir. Le dije ‘yo aquí me estoy volviendo bruto, leo un libro y no tengo con quien retroalimentar’”. Pero la academia, que lo había tentado toda su vida y tenía guardada en un cofre, sin esperarlo, lo iba a volver a llamar.



ELN
3.000
OTROS
3.000

La historia

Ese caparazón que se había puesto Ernesto al principio de la reintegración, se empezó a desmoronar. El aula de clase le pico la lengua; de a piezas, le destruyó esa barrera que él había levantado para no figurar. Con cada intervención en clase, el líder estudiantil que fue a los 20 años empezó a ganar rostro y no pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en el vocero del curso. “Llega un momento en que yo comienzo hacer una reflexión de que estoy aquí para otras cosas, no para ser un colombiano común y corriente, entonces es cuando empiezo a asumir liderazgos.”

La pasantía, como una paradoja que persigue a quien huye de ella, le salió en una universidad. Entró como asistente administrativo y en las tardes se sentaba a tertuliar con los estudiantes que les gustaba el tema de la política y del servicio social. A la vez que crecía su proyecto laboral, se empezó a unir a fundaciones para trabajar con niños los fines de semana y con la ACR se vinculó al programa “Mambrú no va a la guerra”. Empezó a usar su vida, las marcas de su historia, para evitar que más niños se ligaran a la violencia. Atrás de él, mientras esto sucedía, su capa de invisibilidad terminó de caer.

Se graduó de Tecnólogo y tres años después de haberse reintegrado recibió una llamada. Era la universidad que había dejado hace más de cinco años contándole que se había abierto una amnistía para que antiguos estudiantes que dejaron la carrera cercanos a graduarse, pudieran volver para terminarla. Una segunda amnistía en su vida. “Me contactan y me dicen, hermano, hay posibilidad que usted termine la carrera de historia.”

Antes de entrar a las FARC, Ernesto ya había adelantado su tesis, un trabajo sobre el barrio de invasión en el que nació y que solo hasta años recientes fue pavimentado. Las entrevistas estaban hechas, sus notas eran altas y solo se requería que hiciera un curso de actualización por seis meses. Tiempo que en la mente de Ernesto implicaban terror. “Era realmente miedo, miedo de volver a la universidad, de encontrarme con alguna gente, con la academia que me había vuelto tan crítico. Era como ¡Dios!, se podía repetir la historia”.

No quiero volver, fue su primera conclusión, pero a los tres días estaba presentando la carta de reintegro a la universidad para que, entre otros, su promotora de la ACR no lo molestara más. “El corazón se me iba a salir cuando llegue a la universidad y empecé a reencontrarme con los profesores”.

Con lo que ganaba en una heladería que montó a través del apoyo económico que le dio la ACR, se pagó los seis meses de estudió y, hace dos años, se graduó con toga y birrete. “Fue de esas cosas que jamás imaginé, porque siempre me veía graduándome por ventanilla”.

¿Qué si tuvo retos económicos? Claro. En medio de su desesperación por ganar más plata, empezó a hacer filas para trabajar limpiando pisos o baños. Tener con que subsistir en el momento. “Mi reintegradora me sacó de esa convocatoria. Me dijo, `no te desesperes que tú has estudiado y no estás ahí para tirar mecha, trapero y limpión.’ De hecho era un riesgo para el proceso porque si tomaba ese trabajo que no me iba a gustar y lo abandonaba, perdía los beneficios”. ¿Qué si por ser reintegrado se le dificultaron las opciones

laborales? También. Hubo una vez que después de ser uno de los dos candidatos seleccionados entre 40 personas, perdió la convocatoria porque no quiso ocultar que los cuatro años vacíos que aparecían en su hoja de vida eran porque estuvo en las FARC. “La psicóloga me preguntó que esos años blancos en mi hoja de vida qué. Y yo pensé, si le digo que estaba sembrando papa me coge la mentira porque esas psicólogas se las saben todas. Si miro para arriba también, entonces le cuento la verdad. Al principio el tema de recordar las cosas me daba muy duro y terminamos los dos llorando, pero finalmente el puesto se lo quedó la otra persona.” ¿Qué si se devolvería al monte? Jamás. “Uno sale de allí, conoce otra gente y no vuelve a anhelar esas cosas”. ¿Paciencia? Sí, es lo que se necesita para que llegue lo mejor.

En el 2014 Ernesto aún vivía en la costa, pero lo llamaron de Bogotá para que trabajara con la ACR a nivel central. Se convirtió en promotor de la Agencia y, por medio de esta, hace un año viajó al Vaticano para hablarles al Papa y a 2000 personas más sobre su experiencia de reconciliación. Un mes después estaría contando de nuevo su historia en Irlanda y sus palabras, que han viajado, finalmente aterrizarían en el público de Cazucá, Soacha y Ciudad Verde. En dictar estas conferencias Ernesto renovó su vocación. Ahora enseña historia, pero su propia historia.

“El corazón se me iba a salir cuando llegue a la universidad y empecé a reencontrarme con los profesores”.

El combate

Ese día la tarde en la selva no fue tan silenciosa. A las 6 pm los altos mandos se reunían en la base y Ernesto entregaba el turno de guardia cuando cayó la primera bomba. “Me lanza unos metros atrás”. Cae la segunda bomba. “Del combate salimos tres guerrilleros, uno muy mal herido y otros que estábamos bien. Resguardamos al herido y nos vamos a ver cómo está la base. No, el desastre. Por el efecto de la bomba todo está destrozado y había muchos muertos. Era dolor. El comandante del frente se encontraba mal herido y eso me impulsa a tomar la decisión de irme. Obviamente yo ya venía pensando en esa opción, porque los escenarios posibles eran salir o que me mataran…este combate es el que me impulsa a tomar la decisión”.

Meses antes, Ernesto había conocido a un niño de 12 años que se había acercado a las FARC. En el contexto en el que vivía, a ese niño se le habían truncado los sueños de ser médico o pescador por el de ser guerrillero, se imaginaba con las armas y deliraba por el monte. Quería entrar a las FARC. “Le insistí muchas veces que no entrara, porque yo conocía las dificultades, sin embargo él decía que su sueño era ese. Estaba convencido que tendría más poder con las armas, además, porque en su región lo único que había visto en muchos años era eso. Después de las bombas me lo encontré ahí tirado, traté de sacarlo, pero no pude”.

Llegó el silencio. Sobrevolaron los helicópteros y desde lejos, Ernesto alcanzó a escuchar que los que quedaban vivos lo llamaban. Que corriera hacia allá, a la selva, pero esta vez ya no era atractiva. Corrió hacia el otro lado.

Solo, deambuló por el monte tres días sacándole el cuerpo al Ejército. Su intención nunca fue entregarse. Los mitos decían que si se encontraban con ellos los castigaban, los mataban o incluso los montaban en un helicóptero para lanzarlos desde allí. Pero justo, sin saber que esa era la meta de su peregrinaje, se encontró de frente con unos militares. “Los fúsiles quedaron detrás de mí, entonces estaban desarmados.” Con la mirada Ernesto les preguntó ¿qué hacemos?, con su boca el mismo les respondió, “cojan sus fúsiles que lo que yo quiero es irme para mi casa”.

En total fueron tres batallones por los que pasó. Muchas las entrevistas con militares para saber quiénes eran su línea de mando – la que ya estaba muerta – y solo se necesitó una llamada para que localizarán a su mamá.


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de las reintegraciones fueron colectivas

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de las reintegraciones fueron individuales
“Era dolor. El comandante del frente se encontraba mal herido y eso me impulsa a tomar la decisión de irme. Obviamente yo ya venía pensando en esa opción, porque los escenarios posibles eran salir o que me mataran…este combate es el que me impulsa a tomar la decisión”.

El sobre

Mientras llegaba, Ernesto esperaba a su mamá en un cuarto. La última vez que había hablado con ella, hace cuatro años, le había entregado un sobre de manila. Un sobre amarillo que contenía una amenaza de las AUC donde advertían que lo querían incluir en la larga lista de sindicalistas y líderes estudiantiles que registraban en las morgues como asesinadas. Gente cercana a él, activistas que junto a Ernesto movían grupos de 600 y 2000 estudiantes que no se querían conformar, decididos a no dejare coquetear por el silencio y la pasividad

que aletarga a las personas. El sobre estaba dirigido a él, pero con la curiosidad de madre fue ella quien lo abrió y se lo entregó.

– “Mijo, tienes que resguardarte, porque yo prefiero un hijo lejos que muerto.” Cuatro años después sus palabras cambiaron. “Creí todo este tiempo que estaba muerto”, le dice en un eterno abrazo.




Ernesto, el hombre de las tres vidas

“Mis proyectos económicos han cambiado totalmente, antes de vincularme era soltero, estudiante universitario y no tenía tantas expectativas. Mi misión siempre ha sido ser docente, no pensé en una familia, sino estar sumergido en la investigación, viajar, escribir y ese cuento”.

Cuando entro al grupo, me doy cuenta que la muerte está cerca, que me voy a morir y no voy a dejar una familia. Empiezo a pensar que si alguna vez salgo quiero eso. Un mejor trabajo, un mejor ingreso.

Ahora quiero ganarme el baloto, todos soñamos con eso –bromea-. Para mí el ideal es tener una vivienda propia, porque es algo que aprendí a soñar. Tener un carro y coger una semana por todo el país, con mis hijos, mi esposa al lado y tomarnos una foto en cualquier parte que se nos ocurra”.

Cuando habla, sus recuerdos se le camuflan en una sonrisa…


Huérfano sin su fusil

Carlos salió de su vereda a cuidar fincas. Si, eran fincas de las Autodefensas Campesinas, pero él ya había visto como muchos se ganaban unos pesos más por ese trabajo. Tenía 17 años y desde que se había graduado del colegio, hace tres, lo único que había encontrado “por ahí” era el trabajo como ruso que le daba su papá. Claro, no era que el trabajo no le gustara, de hecho su idea era ahorrar para empezar la carrera como arquitecto. “Yo sabía mucho de planos, de escala y de números, pero necesitaba ahorrar y ahorrar. Me dicen que hay una oportunidad laboral en una fincas, entonces cojo para allá con siete amigos”.


Salieron desde una vereda cerca a Montería, donde él nació, para irse a eso: a cuidar fincas en Villavicencio, pero justo cuando llegaron a Cúcuta, Santander, les cambiaron el camino y cada vez estaban más cerca del Magdalena Medio. “Esta ya es zona de las autodefensas, el que se quiera ir que se regrese, pero no les garantizamos seguridad”, les dijo uno de los comandantes. “Nos engañaron”, explica Carlos ahora.

El entrenamiento militar duro 20 días. Corran, troten y coman poco. Duerman en el barro y cuídense de la lluvia, pero también de las FARC. Tomen este palo y trátenlo como si fuera un fúsil. Vayan y descansen a ese hospital que mañana viajamos a las montañas.

“Se nos fue la juventud”

Una de las políticas que tenían en el grupo de Carlos, es que las personas que llegaban juntas, no podían pertenecer al mismo bloque. Por eso, en los siete años que paso en las AUC no volvió a ver a sus amigos con los que llegó. Su campamento era una zona militar donde entrenaban desde personas que habían pertenecido al Ejército hasta despistados, como él, que apenas sabían cómo cargar un palo que hacía las veces de fúsil. Pero la vida en la guerra, al principio, se las van inyectando de a gotas. Primero les enseñaban cómo armar y desarmar un fusil y a la semana, tal vez, ya estarán patrullando. De ahí, no faltará mucho para que carguen su arma. “La mamá suya es el fusil, el papá suyo es el fusil. Cuídelo que si se le pierde usted paga por él y la pena es la ejecución”, fue la bienvenida que le dieron como miembro activo del grupo. “Una cosa muy

complicada, porque es estar a toda hora terciado. Dormir en la hamaca con un fusil entre las piernas, con un ojo abierto y el otro cerrado. Que si está lloviendo, ponerlo boca abajo,” explica Carlos.

“Así, en esa vida, a muchos se nos fue toda nuestra juventud, porque yo ingrese a los 17 años y cuando salí ya tenía 24”. En ese tiempo, se podría decir que a Carlos no le faltó la plata, pues aunque las AUC no pagaba la mensualidad a tiempo, cuando llegaba, acumulada, aparecía de a montos desbordantes. Siete y ocho meses juntos. “Llegue a perder en una apuesta 6 millones de pesos”, explica Carlos, pues era la única forma de gastarlos en el monte, donde la plata, no vale nada.

“La mamá suya es el fusil, el papá suyo es el fusil. Cuídelo que si se le pierde usted paga por él y la pena es la ejecución”, fue la bienvenida que le dieron como miembro activo del grupo. “

Huérfanos de su fusil

Los rumores empezaron a llegar de a poquitos. Se sabía que había una negociación con el gobierno de Uribe. Un tema de que se estaba hablando, pero sin tener las condiciones definidas. “Yo tenía moral con el tema, porque a mí lo de la Navidad siempre me pegó duro y pensé que podía ver a mi familia. Y pues llega la noticia de que puede haber una desmovilización, eso sí, con beneficios jurídicos, porque, sino, no valía la pena.” Aunque Carlos aclara que la decisión nunca estuvo en sus manos, ni en la de ninguno de los “soldados rasos”, de los que mandan al frente de los combates y ponen patrullar a las peores horas, la sensación colectiva antes de que se dé el proceso era

esperanzadora. Unos días después los acuerdos estaban firmados.

El Estado se trasladó, con todo su despliegue, a una zona conocida como Buenavista, en el sur de Bolívar, para combatir por medio de la burocracia el abandonó de una región que se le había olvidado. La Fiscalía tomó declaraciones, la Registraduría repartió cédulas para personas que, como Carlos, habían llegado a la mayoría de edad ocultos en la selva y la Alta Consejería para la Paz, les dio el carne del CODA. “Este punto fue elegido por la misma organización y ahí se entregaron los aviones, los calibres, los uniformes y hasta las lanchas que se

tenían”, recuerda Carlos. El problema, es que una vez desprovistos de sus armas, las casi 30.000 personas quedaron huérfanas de su fusil, con el que dormían entre las piernas, en una zona donde aún había presencia guerrillera.

“Como yo no tenía ningún problema con la justicia, salí de una. Nos sacaron a lo más despejado de Valledupar y de ahí si pudimos viajar a la costa, pero eso fue complicado. Eran más de 17 mil personas saliendo de una zona con los alrededores complicados, con personas que pertenecían a distintos grupos y era la primera vez que estábamos desarmados.”

Niños en la sociedad

Era un domingo, a las nueve de la mañana, cuando después de siete años Carlos, hijo único, volvió a su casa. “Yo llegue sin avisar, ellos estaban reunidos y cuando mi mamá me vio se desmayó. Pero andaba contenta, me decía `llegó mi niño, llegó mi niño”. Peo el problema es que cargar armas deja muchos enemigos y en un lugar pequeño, como en el que nació Carlos, camuflar lo que alguna vez fue su identidad no era fácil. Claro, los padres aceptan, pero los primos ya no tanto.

A pesar de tener el acompañamiento psicosocial de la ACR lo que más le costó



Nivel de educación reintegrados que empezaron su proceso

(ACR, 2015)


Técnico profesional
0.17%
Tecnologo
4.47%
Universitario
0.95%

a Carlos fue volver a encajar. “Uno sale de la guerra con un pensamiento que deja secuelas que uno no se alcanza a imaginar, además porque después llega la pregunta de ¿yo qué hago? Si lo único que sabía, que había aprendido casi de niño era a combatir. Es como tener a un bebé chiquito y ponerlo en la sociedad”.

Al principio, para evitar miradas Carlos salía poco de su casa, pues muchos vecinos con sus miradas le recriminaban muertes que él no cargaba. “Uno tiene muchos enemigos porque algunas personas que perdieron familiares o algo,



Nivel de educación reintegrados que culminaron su proceso

(ACR, 2015)


Técnico profesional
0.14%
Tecnologo
8.89%
Universitario
2.32%

generalizan. Entonces hay una estigmatización y un rechazo directo”.

Y aunque Carlos acepta que estuvo cercano a acceder a los coqueteos que le estaban haciendo algunas Cooperativas de Vigilancia que aún quedaban en la zona, nació una motivación en su vida que lo obligó a no volver a vincularse, sin importar la cantidad de millones de pesos que le ofrecieran. “Conocí a una joven en la costa, me casé con ella y tuvimos una niña. Ya cuando hay familia de por medio no hay plata que valga y hoy soy padre de tres hijos”, cuenta.

Además de retomar su trabajo como albañil, Carlos empezó a hacer un Tecnológico en Comunicaciones a través de los convenios que tenía la ACR en el SENA y justo cuando los sonidos de la selva se estaban convirtiendo en murmullos, el grito de la violencia lo intentó a volver a llamar. “A mí me empezaron a llegar amenazas del grupo diciendo que ellas eran las que ibas a pagar, entonces tomé la de decisión de viajar a Bogotá. Mi hermana me da la oportunidad de vivir en la ciudad con ella y un tiempito después ganó una convocatoria que abrió la ACR para un puesto en Telecomunicaciones.”

La escalada

A Carlos, los colores de la izquierda y la derecha por los que alguna vez luchó, ya se le difuminaron. Sus pupilas ahora ven transparente. “En Bogotá yo encontré un nuevo entorno, personas que lo acogen a uno con un buen ambiente, sin importarles si antes venias de un grupo armado o que ideología te habían inculcado a tener”.

Resolvió que la bicicleta es su mejor aliado y que para poder exigir, hay que pagar, por eso hizo un gran esfuerzo para dejar de ser del régimen contributivo, para pasar al subsidiado. A todos sus hijos los tiene en colegios distritales, pero confiesa que en este tema no pidió ayuda a la ACR, pues teme que la gente haga relaciones y a sus hijos les termine por rebotar un estigma que algunas

anécdotas no le dejan de recordar. “Me ha pasado en algunas empresas, cuando voy a pedir trabajo, que cuando meten mi cédula en una base de datos y dice que hago parte del Programa de Reintegración, hasta ahí me llega el proceso.”

Él va a seguir escalando. Quiere tener proyectos cada vez más grandes. Una casa propia – que no sea en Bogotá porque es tremendo- y por eso está ahorrando, ahorrando, como lo quiso hacer al principio de esta historia, para un proyecto de vivienda con el Fondo Nacional del Ahorro. Lleva tres años en la sociedad y, desde entonces, no ha vuelto a Montería aunque “con ganas si lo haría, porque extraña el mar”.